Filosofías de la sociedad: Hobbes, Locke y Rousseau

por Eduardo Collard Llamas*

Hobbes

La importancia de Hobbes en el terreno de la filosofía política se debe a que es el primer gran intento de hacer una ciencia teórica de la vida justa del hombre o del orden justo de la sociedad; con la distinción del método denominado resolutio-compositio, mismo que utilizó Galileo para elevar la física a rango de ciencia[1]. Este método, propio del quehacer científico de la época, consiste en disolver el hecho en sus elementos más simples –en el caso de Hobbes sería descomponer la sociedad (voluntad colectiva) en voluntades individuales.-, para luego componer de manera estrictamente coherente y racional la relación entre el elemento más simple y su composición.

Este primer gran intento surge con base a una interrogante, que es la interrogante por la justicia en el estado de derecho natural[2], en el cual, la libertad del individuo consiste, en términos simples, en hacer lo que se le da la gana (deseos); es un estado donde no es problema el deber-ser. El problema de esto surge cuando de facto el derecho natural no puede cumplirse sin ese deber-ser que garantice la libertad[3] del derecho natural.

En Hobbes está primariamente el supuesto de la igualdad de los hombres. Para Hobbes los hombres somos iguales en constitución natural, tanto en fuerza, como con respecto a nuestras facultades mentales: en promedio, todos somos más sabios en algo y todos tenemos nuestro propio talento. De igual manera, todos tenemos deseos y fines que queremos satisfacer, pero es por eso que de esta misma igualdad surge la desconfianza: pues resulta que a veces se comparte un mismo fin o que se quiera lo mismo. Lo que puede desembocar en que se tenga que dominar al otro para conseguir ese mismo fin.

A esto hay que sumar el desagrado que tienen los hombres cuando se reúnen, pues los otros no valoran a los demás como uno mismo se valora. La discordia entre los hombres se da entonces por la competencia para lograr un beneficio individual; la desconfianza para lograr la propia seguridad y resguardo, y la gloria que busca ganar la reputación de los otros para sí mismo. Es cuando existen estos tres elementos se dice que se vive en tiempos de guerra (estado de guerra). Curiosamente es en esa igualdad entre los hombres donde la paz no es posible, donde la seguridad se ve comprometida, y la desconfianza brota en cada paso por darse.Hobbes

Por lo tanto, dirá Hobbes, es necesario una desigualdad que genere y garantice nuestros fines. Estos fines, deseos y pasiones que nos mueven y que buscamos satisfacer fervientemente no son pecados en sí mismo, ni los actos que proceden de éstos, sino que lo son por una ley; una ley hecha por los hombres que implica un acuerdo. En el estado de guerra no hay propiamente justicia, pero no por los atentados que se realizan sino porque no hay ninguna legalidad en sentido estricto. Justicia sólo hay donde los hombres viven en sociedad. Es entonces coherente que para pasar del estado de guerra al estado de paz en sociedad se tenga que hacer un acuerdo entre individuos que garantice la ley natural[4].

Este paso del tormento al sosiego, no sólo es racional sino también pasional: hay en el fondo un deseo por garantizar la vida por miedo a la muerte, así como el deseo de llevar una vida confortable, y la esperanza de obtenerlas por medio de las acciones (trabajo). Al ser de esta ley natural se imponen dos razones para garantizarla: que se busque la paz y defendernos mutuamente por todos los medios posibles; entendiendo lo anterior, es necesario renunciar al derecho natural para garantizar la paz y conservación de la libertad para conceder el derecho natural en la medida de lo posible.

Teniendo en cuenta lo antes dicho, el contrato consiste en una mutua transferencia de derechos, pero una vez despojados esos derechos tienen que ser transferidos a alguien o algo. Pasamos con eso al Estado civil, el cual debe tener ese poder coercitivo para garantizar que el contrato se cumpla. Una vez concebido ese Estado civil, se establece a la par un criterio de injusticia: que consiste en el rompimiento de ese pacto. A los hombres se les exige un deber por cumplir ese pacto, donde el Estado, como poder coercitivo, tiene la obligación de imponer un temor más grande a cualquier beneficio que se pueda obtener en el rompimiento del pacto, sea para garantizar el cumplimiento del contrato. Las características de este poder coercitivo son como la de un dios, un dios mortal, me parece, con el designio del Leviatán.

Conformado por un solo hombre o una pluralidad de hombres. El soberano es, pues, la representación propia de quien lo elige. En ese sentido todo acto del soberano es un acto del pueblo, incluso el castigo, es de cierta manera un autocastigo. Las condiciones de las acciones del soberano son muy lógicas, pues si bien se puede objetar que el soberano abuse de su poder, dicha objeción no toma en cuenta las desgracias que acarrea el estado de guerra cuando no existe tal soberano. El soberano adquiera la libertad del hombre en estado natural y, por lo tanto, no está sujeto a nada, pero el soberano no puede renunciar a sus derechos, pues está obligado a garantizar la ley natural de los hombres.

En el mismo sentido, los súbditos no pueden ser jueces individuales de lo bueno o lo malo, sino que quedan subordinados al juez del Estado. La obligación de los individuos está en obedecer todo aquello dentro de los límites de la soberanía, pero siempre debemos rehusarnos cuando se trate de frustrar la finalidad de la misma, es decir, que cualquier acción que limite o vaya en contra de la misma soberanía debe quedar inhabilitada sobre todo si el mismo soberano la ejecuta porque una vez que el soberano no puede garantizar la seguridad de los súbditos, el Estado se disuelve y cada hombre vuelve a la libertad de protegerse a sí mismo.

Locke

La primera tesis de Locke señala la limitación del mandato de autoridad divina. Nadie es heredero de Dios, o quien lo fuese, ya ha sido olvidado durante los miles de años en que los hijos de Adán se han multiplicado. Es evidente afirmar que dentro de su pensamiento Locke es consciente el poder divino, pero esto no significa que ha de ser abordado de manera impositiva como seguro han hecho muchos monarcas en su época, pues justificaban su autoridad como la designación de un dios.

La autoridad del poder político ha de ser entonces deducida por su origen: el estado de naturaleza donde ya gozamos de una perfecta libertad, donde el deseo está libre de todo impedimento; de una absoluta igualdad, donde nadie está subordinado a nadie; y el elemento del mutuo amor, que surge del deseo por nuestros iguales. De todo esto se deduce una ley natural que dicta: nadie debe dañar a otro en su vida, salud, libertad o posesiones porque todos somos iguales e hijos de Dios. La continua llamada a una ley divina y natural que considera a los individuos como creaciones del omnipotente resuelven como principio racional la igualdad y la paz (como condicionantes y direccionantes) entre los hombres.

En Locke, de alguna John-Lockemanera, la naturaleza es ya ley del orden social. Es principio, y, por el hecho de todos ser iguales tenemos autoridad de obligar esa misma ley. Todos somos herederos de un poder político que es el derecho a dictar leyes con penas de muerte y, consecuentemente, todas las penas menores para la regulación y preservación de la propiedad, de emplear la fuerza de la comunidad para la ejecución de tales leyes y la defensa de la nación contra ofensas externas; y todo esto únicamente para el bien público. Esto poder político, así descrito, tiene un toque utilitarista en el sentido que ha de servir al bien público.

Tenemos entonces un criterio de razón y de justicia: todo aquel que transgreda la Ley natural no sólo es injusto, sino también irracional. Dios se presenta como la medida de la humanidad en el sentido que otorga ese poder a todos y por igual. Todo hombre tiene derecho a castigar al transgresor, la venganza se convierte en virtud.

Si tenemos ya un principio natural de orden social, ¿por qué el hombre ha de buscar pactar con los otros? El pacto evidentemente viene después, pero no es necesario. Ha de ser hecho por deseo de una vida confortable, es decir, por un beneficio, pero no por necesidad. A esto hay que añadir otro porqué para el acuerdo social, y esto es el estado de guerra sin juez supremo más que el cielo. Locke señala una distinción que Hobbes no hace: el estado de guerra no es natural, hay, digámoslo así, tanto estado de guerra como estado natural. El primero es un estado de inseguridad que amenaza con la destrucción del hombre porque se impone la fuerza sin derecho sobre otro, tanto donde existe juez común tanto como si no; el segundo comprende la mera falta de un juez común.

El estado de guerra ha de ser suprimido pues transgrede la ley natural, y la pena para el sometimiento de un individuo a otro en cualquier nivel se paga con la  muerte. Una vez pactado, la democracia forma el mejor gobierno, pues habiendo sociedad la mayoría tiene el poder de actuar y decidir por el resto. Tiene ese derecho, puesto que una vez que los individuos se congregan y conviven en comunidad forman un cuerpo, y como todo cuerpo se mueve a donde jala la mayor fuerza, así la sociedad se somete a esa mayoría. Una vez que se vive en sociedad la libertad ha de consistir en seguir una norma permanente conforme la cual vivir que no transgreda la ley natural, algo así como un imperativo.

También es pertinente mencionar sobre lo que implica la propiedad una vez se vive en sociedad. La propiedad, originariamente, abarca al individuo y su libertad de apropiarse las cosas, pues Dios nos ha dado la voluntad de dominar las cosas, pero esto no implica que entonces todo sea de todos, sino que para que sea propio, el individuo ha de trabajar para conseguirlo, para hacerlo suyo, le es propio lo que su fuerza e intelecto logran. Sin embargo, la propiedad tiene sus límites: tanto como puedas utilizar con provecho para tu vida sin que se desperdicie o se deteriore aquello que adquieras, lo demás es codicia y transgresión de la ley natural. Es verdad que el trabajo aumenta la riqueza, pues añade por sobre la naturaleza una eficiencia, pero la invención del dinero altera el valor intrínseco que hay en las cosas debido a que el dinero no se echa a perder como sí lo hacen las cosas, y esto hace que se produzca un deseo avaricioso por acumular oro.

 Rousseau

Rousseau pone a la constitución genética como primera desigualdad evidente entre los hombres –aunque no lo dirá con esas palabras, pero me parece que puede ser entendida así-. A diferencia de Hobbes, el cual suprime las diferencias naturales, tanto físicas como genéticas, por ser sutiles y sin un verdadero efecto desigual, Rousseau dirá que la naturaleza de los hombres es una primera diferencia por superflua que parezca.

Para ahondar en el asunto hay dos tipo de desigualdades: la natural y la moral; la primera se refiere a lo biológico, fisiológico y genético; la segunda a la diferencia de privilegios que ya de hecho existen por eventualidades que se fueron forjando. Sin embargo, esto no constituye la desigualdad perturbante entre los hombres o desemboca en el estado de guerra Hobbesiano. Para Rousseau, de hecho, no hay un hombre natural u originario del que se infiera un orden natural de paz o de terror, sino que éste tiene que ser supuesto para concebir la idea de derecho natural. En todo caso, es la sociedad la causa de las desigualdades y con esto aducirá a la naturaleza animal y a las tribus primitivas. Al mismo tiempo, la ley natural no se infiere racionalmente del conocimiento, no es mediata, sino que ésta surge de manera inmediata por nuestras pasiones o inclinaciones naturales: la primera, la conservación de la vida; la segunda, la compasión o el dolor que sentimos cuando el otro sufre. Por esto, estoy obligado a no hacer ningún mal al otro no por la razón, sino por mi sensibilidad.

La vida y la libertad son los grandes bienes provistos por la naturaleza y de los cuales estamos inclinados ya de hecho a conservar, son nuestras condiciones de hombre: sin vida no hay libertad, sin libertad no se vive. Son estos bienes condicionantes del hombre lo que los hace ser inalienables, es decir, no se pueden transferir de facto a otro hombre, todo lo que así suponga es de hecho esclavitud, y por lo tanto, un mal temible.

En el mismo sentido, la fuerza no hace el derecho. No nos podemos subsumir a una fuerza mayor a nosotros y estar por lo tantdescarga (1)o obligados a seguir leyes, no, la fuerza oprime y doblega, no otorga obligaciones ni derechos. Si los individuos han de querer unirse en comunión no han de ceder sus derechos naturales a un soberano que los represente, sino que se otorgan por igual a todos y cada uno. Hay una convención que es la única base de autoridad legítima. La única necesidad por la cual los hombres han de vivir en sociedad es que de lo contrario su conservación termine doblegándose a causa de las fuerzas de la naturaleza.

Cuando la supervivencia está en juego y ya no es posible la conservación por uno mismo o un pequeño grupo de individuos aparece, según Rousseau el problema fundamental de la unión entre los hombres: encontrar una forma de asociación que defiende y proteja de toda la fuerza común la persona y, los bienes de cada asociado, y por la cual, uniéndose cada uno a todos, no obedezca, sin embargo, más que a sí mismo y quede tan libre como antes. La solución a este problema es el contrato social, y su cláusula primordial dicta así: la enajenación total de cada asociado con todos sus derechos a toda la comunidad. Esto será la base para el desarrollo del criterio de justicia. Cada uno de nosotros pone en común su persona y todo su poder bajo la suprema dirección de la voluntad general; y nosotros recibimos corporativamente a cada miembro como parte indivisible del todo. Tenemos así un compromiso público con los particulares. Lo permisible se convierte en todo aquello que no es censurado públicamente. De lo cual resulta la democracia como mejor medio de gobernar y legislar. La propiedad o el derecho de primer ocupante, por su parte, consiste en 3 regulaciones: que ese terreno no esté habitado por nadie; que sea sólo lo necesario para subsistir; y, que se tome con el trabajo y cultivo.

Lo que me parece interesante de todo esto, es que nunca hay una representación de los particulares. Lo que hay es una homogenización de los individuos para generar un cuerpo con una voluntad comunitaria. Pero, la distinción entre lo particular y lo general es de mera amplitud. No hay espacio para lo privado en algún sentido, porque si lo llega a haber el cuerpo se rompe y la voluntad colectiva se hace más débil. El criterio de justicia se compone entonces por cumplir el orden de súbdito y soberano al mismo tiempo.

Por otra parte, los deseos y los instintos naturales se substituyen por el deseo de justicia, por la voluntad colectiva. Su deseo ha de ser el deseo del pueblo. Curioso cómo es que las pasiones o inclinaciones que hacen a los hombres y su condición terminan superados por la razón y la voluntad del cuerpo civil. Se sustituye la libertad natural por la libertad civil; aquella que ha de posibilitar el desarrollo de las facultades e ideas.

Bibliografía

 HOBBES, THOMAS. Leviatán o la materia, forma y poder de una república, eclesiástica y civil. México: Fondo de Cultura Económica, 2010, c1940.

LOCKE, JOHN. Segundo tratado de gobierno. Buenos Aires: Ágora, 1959.

ROUSSEAU, JEAN-JACQUES. Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres. México: Secretaría de Educación Pública, 1946.

ROUSSEAU, JEAN-JACQUES. El contrato social o Principios de derecho político. México: Porrúa, 1979

STRAUSS, LEO. La filosofía política de Hobbes: su fundamento y su génesis. Buenos Aires, Argentina: Fondo de Cultura Económica, 2006.

[1] Leo Strauss, La filosofía política de Hobbes. FCE, Argentina, 2006. Pág 22.

[2] Que consiste en la libertad que cada hombre tiene de usar su propio poder como quiera para la conservación de su propia naturaleza y vida. (Los medios más aptos para alcanzar su fin).

[3] La libertad hobbesiana consiste en la ausencia de impedimentos externos que reduzcan en cierta medida el poder de hacer lo que se quiere.

[4] Es la obligación del acuerdo para garantizar el derecho natural y la conservación de la libertad.

Collard

*Egresado de la licenciatura de Filosofía y Ciencias Sociales. Actualmente investigador y editor del Museo de Artes de la Universidad de Guadalajara.

2015-09-23T08:07:28+00:00