Diálogo interreligioso como experiencia religiosa

Por Elías González Gómez*

¿Qué es el diálogo interreligioso? La comunicación y el intercambio entre las culturas es algo constitutivo de las mismas. No podemos encontrar tradiciones humanas “puras”, que brotan ex nihilo y se mantienen inmaculadas. Lo que hay son culturas y religiones frutos de intercambios históricos que se han dado de distintas formas: guerra, comercio, intercambio intelectual, religioso, viajes, estudios, y a lo que habría que sumar la llamada era de la globalización en donde esta porosidad de las culturas y la relación de interdependencia cultural y hasta ontológica entre sí es cada vez más explícita.

Pero una cosa es la comunicación y el intercambio entre las culturas y las religiones como parte de la misma condición humana, y otra muy distinta la búsqueda y propiciación de espacios de lo que se conoce como diálogo interreligioso e intercultural. Podemos llamar diálogo interreligioso tanto a los diálogos espontáneos como a los diálogos deseados y planeados. En este momento quisiera centrarme en estos segundos. Cada vez es más común encontrar en las universidades, ferias culturales, iglesias y demás espacios de interés público, estos eventos en donde participa el rabino, el imam, el sacerdote, el lama, el swami, el curandero tradicional, etc.

Sin embIMG_9630argo, en mi experiencia como joven y como intento de creyente he tenido la intuición de que muchas veces estos encuentros de diálogo entre las distintas culturas y religiones se quedan a un nivel meramente superficial, intelectual o pragmático. Es decir, muchas veces estos encuentros realizados en universidades acaban siendo meras exposiciones académicas que cuando mucho mueven un interés estético que igual podría ser satisfecho viendo National Geographic. Otras veces son el resultado inmediato de un problema social concreto, y el diálogo se mantiene mientras se resuelve el problema y una vez resuelto cada quien regresa a su vida. En otras palabras, se ve el diálogo como mero instrumento pragmático para resolver problemáticas sociales.

Pero no me malentiendan, estos espacios y eventos de diálogo son en sí mismos valiosísimos, invaluables, y en lo personal en ellos deposito mi confianza y mi praxis transformadora ante las injusticias y desigualdades que vivimos día a día en nuestro mundo y en nuestro país. En otras palabras, creo profundamente junto con Raimon Panikkar, filósofo y teólogo pionero en estos temas, que en estos espacios se juega el destino de la humanidad. Y es precisamente porque lo creo y lo vivo, no meramente como una ideología sino como un estar en esa creencia y en esa fe, que veo necesario profundizar la reflexión alrededor del diálogo interreligioso e intercultural.

Es por eso que me pregunto, ¿será el diálogo interreligioso un mero intercambio de ideas, exhibición de trajes tradicionales, erudición universitaria o herramienta para enfrentar problemáticas sociales? ¿No será que el diálogo interreligioso encierra en sí mismo algo mucho más profundo, algo que denominamos como re-ligioso? Y si esto es así, ¿qué sería esto que está de fondo en el diálogo interreligioso y que a su vez lo fundamenta como un verdadero acto religioso, un auténtico acto humano?

I. Lo re-ligioso

En primer lugar, tendríamos que preguntarnos qué es esto de lo re-ligioso y por lo tanto qué sería una forma religiosa. Abrazando la limitación del lenguaje, voy atreverme a decir que esos fenómenos que llamamos “religiones” normalmente se presentan como grupos humanos que se entienden a sí mismos como depositarios de un mensaje-experiencia que proviene de una “Realidad” que los trasciende y constituye, “Realidad” a la cual se sienten re-ligados.

Y digo lo anterior sin ubicarme en la postura pluralista de las religiones (la cual afirma que esta Realidad es la misma en todas religiones cambiando solamente el nombre), cuyos juicios metafísicos me parecen no solo indemostrables sino incluso hasta imperialistas. Pero eso es tema para otro escrito. En cambio, creo que lo que buscará cada religión será la mistagogía o camino espiritual que encamine y conduzca a la re-ligación con esta “Realidad” con la que cada tradición particular quiera re-ligarse.

Estas mistagogías o caminos espirituales son el núcleo de las religiones, sin ellas, los dogmas de la ortodoxia (recta doctrina) son alienantes y moralistas, y los ritos de la ortopraxis (recta acción) carecen de sentido y por lo tanto de efecto en la persona. Me tomo la licencia para decir que en mi opinión, cuando la mistagogía, auténtico camino para la experiencia mística que cada religión propone, es cooptada, entonces la religión sí es el “opio del pueblo”.

Todas las mistagogías religiosas proponen una serie de doctrinas a creer y practicas a realizar para vivir la experiencia de re-ligación. Podríamos decir que cada religión les expone a sus seguidores: “para vivir la experiencia X tienes que comportarte así y seguir este camino”. Y es ese camino y no otro, pues si quieres vivir la experiencia que ellos te están proponiendo y pertenecer a esa comunidad específica, ese es el camino que has de seguir. En ese sentido, todas las religiones son absolutas en sí mismas. Por este motivo hay que mantener la sospecha de las “ensaladas religiosas” o “tuti frutis espirituales”, donde lo que encontramos parece ser más bien un ensanchamiento del propio ego y no tanto un camino de des-centramiento como señalaré más adelante (sin que con esto esté condenando la llamada New Age que, según mi opinión y experiencia, tiene mucho que aportar con sus respectivas virtudes y riesgos como todo en este mundo).

Aquí es donde se corre el riesgo de la alienación. Si este camino absoluto pierde su espíritu místico, pierde su capacidad de re-ligar a la persona con la comunidad, con el Misterio y con el mundo, entonces la religión se vuelve absolutista y totalitaria. Si esto sucede, se dice que esa religión se volvió un relativo absoluto, es decir, un camino que se autoengañó y se vio a sí mismo desde una perspectiva exclusivista.

Hay que recordar junto con el teólogo y antropólogo jesuita Javier Melloni que “Toda revelación aumenta el Misterio, no lo desgasta”. Una religión específica no ha de ser entonces un relativo absoluto, sino un absoluto relativo, en otras palabras, un camino único en sí mismo pero que no se identifica a sí mismo con el Todo.

Entendemos entonces esta re-ligación con “Eso” como lo fundamental de la religión. Cómo se de esta religación, quiimage018én tiene la iniciativa, cómo se manifiesta, cómo se interprete, se incline más hacia la trascendencia o la inmanencia, etc, también es reflexión de otro momento. Pero todas estas formas serán las formas religiosas.

Dicho de otro modo, la dimensión religiosa está viva gracias a una experiencia, una vivencia, que no tiene que ser necesariamente una puntual en el tiempo y el espacio, sino un estar, es una óptica. A esta vivencia, a esta experiencia, yo le llamo Encuentro.

Este Encuentro, que en cada camino mistagógico será Encuentro con aquella Realidad-Misterio-Dimensión (interior/exterior) en que la comunidad se mueve y respira, transforma de una manera muy específica a la persona que vive el Encuentro. En la literatura mística encontramos un “des-centramiento” de la persona ante su propio “ego”, en otras palabras, se experimenta una salida de sí, una trascendencia.

Normalmente vamos por el mundo como “vientres hambrientos”, devorándolo todo desde nuestro ego y su afán de autoafirmación. En nuestra manera-de-estar-en-el-mundo se esconde insospechadamente una violencia, la violencia que Emmanuel Lévinas llamará Totalización. Este esquema no solo es hacia las cosas materiales como la planta, el animal  o la silla, sino que también está activa en nuestra relación con los otros y con lo sagrado o lo divino. Los otros y lo divino son para nosotros, en tanto que sujetos que buscamos autoafirmarnos, objetos.

Sin embargo, en el Encuentro, piedra angular de la relación re-ligiosa, el Otro se me presenta como radicalmente otro, como ajeno a mis poderes de objetivación e invitándome a hacer vida juntos. El Otro se me manifiesta, es epifanía y es él quién tiene la iniciativa. El Otro se me presenta desde su propio lado resistiéndose a mi dominio, resistiéndose por medio de su expresión, de su pura y simple presencia viva. Presencia que me interpela pues me está llamando, y como todo llamado busca una respuesta. Es así como se cumple esto que decía más arriba: en el Encuentro se da la dimensión de trascendencia, la depredación del ego se quiebra para ser instaurado por la gracia del Otro en otro dinamismo.

Este Encuentro con el Otro, esta experiencia de trascendencia fruto de la irrupción del Otro en mí que me invita y me llama a salir de mí mismo, se vive como un acontecimiento en gracia, es decir –y aquí me disculparán que hable en cristiano, pero es desde donde puedo hablar y no quiero lanzar una especie de fórmula general para todas las religiones, sino que lo que digo es desde mi experiencia cristiana de fe- como la experiencia de que soy amado por un Amor que me precede y que incluso me sostiene. El Encuentro con el Otro es teofánico, o para usar el término de Juan Martín Velasco, misteriofánico; es una ventana a la manifestación del Misterio.

II. El diálogo interreligioso como forma religiosa

El diálogo interreligioso se muestra entonces como una forma religiosa. ¿En qué sentido? Reunirse con personas de otras tradiciones espirituales y religiosas implica necesariamente un “des-centramiento” del propio “ego religioso”, a saber, un quiebre en nuestro sostener el relativo absoluto de que mi religión es la verdadera y las demás son aberraciones. Alguien que vaya a estas reuniones simplemente para evangelizar a los demás y a decirles que todas las religiones son falsas excepto la suya, va a ser censurado a priori del diálogo. En el diálogo interreligioso hay que estar pues dispuestos a sacrificar mucho de nosotros mismos, lo mismo que en el camino mistagógico.

Del mismo modo, en el diálogo interreligioso estamos insertos en una plataforma privilegiada para Encontrarnos con el Otro, no tanto para conocerlo en el sentido de entenderlo –algo que quizás nunca realmente hagamos ni tengamos qué hacer- sino para permitirnos ser desbordados por la expresión y palabra de este Otro que me es radicalmente otro, no porque sea de otra religión o tenga otro color de piel, sino porque se me presenta desde una alteridad firme que se resiste a mi ego dominador por medio de su apologética expresión.

Y finalmente y más importante, el diálogo interreligioso es un espacio de posible manifestación de esa Realidad-Misterio-Dimensión en la que cada tradición cree y busca, precisamente porque en el diálogo interreligioso el ego se des-centra y nos Encontramos con el Otro, Encuentro que nos abre interiormente a una dimensión de escucha y acogida de la gracia de su invitación a vivir juntos.espiritu santo

No estoy diciendo que el diálogo interreligioso sea una religión, no se trata de fundar alguna iglesia del diálogo o algo así. De lo que se trata es de abrir el horizonte y las posibilidades del diálogo interreligioso. Lo que trato de compartir, en esta ocasión de un modo quizás un poco más teórico, es que el diálogo y encuentro interreligioso es más que mera “educación cívica” o “buena política”, e incluso es más que una buena estrategia pragmática para resolver nuestras problemáticas de la vida diaria. Sin menospreciar esas dimensiones del diálogo interreligioso, quiero expresar que para mí el encuentro con otras tradiciones ha sido experiencia espiritual y religiosa y que ha sido quizás uno de los elementos más importantes y trascendentes en el itinerario mistagógico de mi “caminar hacia Dios”, o dicho en otros términos, ha sido la estrategia más utilizada por el Dios que me llama y seduce para enamorarme cada vez más y más.

Por supuesto, esto deja muchas preguntas planteadas y mucho queda por decir. Quizás una de las preguntas más importantes sea por el desarrollo práctico de este diálogo interreligioso del cuál hablo. ¿Cómo hacemos para que nuestros encuentros interreligiosos sean más que simples reuniones demagógicas o expresiones egóicas de académicos y líderes? ¿Qué tenemos que hacer diferentes? ¿Dependerá realmente de nosotros? ¿Nos tocará realmente hacer algo o simplemente se trata de esperar la manifestación de la Gracia?

A lo anterior solamente diré que nos toca reflexionar, pensar y practicar alrededor de un verbo que me llama mucho la atención, precisamente por su carácter de pasivo y activo al mismo tiempo: acoger. Creo, y es mi intuición, que una posible respuesta iría por ahí.

*Estudió10995540_10203179362318720_606168125603695529_n Filosofía y Ciencias Sociales en el ITESO. Es parte del equipo de la Fundación Carpe Diem Interfé. Creador y coordinador de los MICRODIÁLOGOS de la misma fundación. Durante su periodo universitario estudió por un semestre en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, donde se concentró en el pensamiento latinoamericano. Tiene experiencia de colaboración y trabajo en comunidades originarias tales como rarámuri, wixárikas, tsotsiles, tzeltales, quechuas, quichuas y shipibo; y en comunidades espirituales budistas, neochamánicas, hinduistas y cristianas entre otras. Su principal campo de interés es la mística, la espiritualidad y el diálogo entre las religiones y las culturas. elahaspeace@hotmail.com

2015-09-20T09:02:46+00:00